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Cómo aprovechar las crisis para descubrir tu pasión: mi historia con detalles. PARTE 1.

Actualizado: 22 oct 2021

Quiero comenzar esta publicación mencionando cuáles son los tres roles más importantes de mi vida. Yo me considero: mujer, esposa y madre, en ese orden. Mi rol como emprendedora también es muy importante, y en mis comunicaciones escucharás que también lo trabajo, pero siempre he pensado que es un comodín, porque no todas las madres quieren emprender, quizás la necesidad es encontrar sus espacios personales para sentirse de nuevo ellas.


Por lo general, las presentaciones empiezan hablando de nuestra profesión, de la experiencia que hemos coleccionado, enumerando los casos de éxito, los logros alcanzados, y esto me parece una información muy importante, porque todo eso tiene su mérito, además, te sientes más confiado de una persona que sea preparada, con varios títulos y años de carrera. Pero, yo prefiero ser más honesta presentando primero los roles que siento que definen mi vida, que me han dado las mejores enseñanzas y me han convertido en quién soy hoy en día.


He vivido un largo camino lleno de cambios desde que dejé Venezuela, mi país natal, buscando nuevos horizontes y más estabilidad en todos los sentidos. En ese entonces no estaba casada, vivía con mi novio, que es mi actual esposo, y ambos migramos por circunstancias diferentes, pero el amor fue la razón en común ya que no queríamos estar separados.



La migración fue mi primer gran cambio, aunque antes de mudarme, sentía que tenía que hacer algo diferente porque me encontraba en una situación personal y laboral donde no estaba cómoda. En ese momento trabajaba como actriz de televisión, era algo que me encantaba hacer, a pesar de ello, no compartía los mismos valores del medio. Para no entrar en detalles, empecé a sentirme sin rumbo y cuando migré de país, sentí que perdí todo el sentido de independencia que alguien puede tener (aclaro que esto lo entendí tiempo después, en ese momento no tenía ese nivel de conciencia).


No saber qué iba a hacer, depender completamente de otra persona, no conocer a nadie, alejada de mi familia, sin amigos, no era una situación fácil, pero tuvo sus recompensas porque mi relación de pareja se fortaleció. Sin embargo, siempre me ha gustado ser independiente y hacer cosas que me generen satisfacción. Siento una chispa de alegría cada vez que hago cosas de las que me siento orgullosa y que sé que están generando un impacto en las demás personas. Y esto no estaba pasando.


Durante mucho tiempo intenté reinsertarme haciendo un par de cosas relacionadas con algunos de mis talentos, pero mi inseguridad y falta de confianza, hacían que me saboteara y no terminara de lograr lo que me proponía. Me enfocaba en demostrar que yo era suficiente en esto y en aquello, intentando agradar a los demás, no ponía límites para que los demás me quisieran, sin darme cuenta de que eso era una gran falta de amor propio. En resumen, estaba realmente desconectada de mí porque ni siquiera sabía quién era, ni qué quería, ni por qué y tenía mucho miedo. ¿Te suena familiar? A muchas nos pasa cuando descuidamos nuestro valor personal.


Luego vinieron cambios posteriores, me casé y al año quedé embarazada. Fue una etapa de mucha alegría porque desde que mi esposo y yo decidimos estar juntos nos veíamos siendo padres y formando una familia. A pesar de haber cumplido ese sueño, siempre tenía un anhelo de hacer algo más y después de dar a luz a mi primer hijo empecé a sentirme un poco frustrada y con ganas de conectar nuevamente con la Dayana creativa que era antes de todos los cambios.


Al principio pensé que era depresión post-parto, porque pienso que me sentía algo desmotivada desde antes, sin embargo, considero que la depresión post-parto existe y que es un tema que debe ser tratado con mucho amor y respeto, del cual hablaremos luego con mayor profundidad. Luego entendí que era parte de mi proceso de MATRESCENCIA (otro artículio).

Por ahora les diré que yo deseaba ser madre, me daba mucha ilusión y felicidad imaginarme con mi hijo, pero cuando llegó el momento, no lo estaba disfrutando, solemos romantizar mucho la maternidad y hacernos unas expectativas completamente irreales. Un proceso en donde nadie nos enseña a abrazar todas las emociones y sentirlas normalmente, sino rechazar los estados de tristeza y enojos que vienen como parte de la etapa, pero que si no sabes de qué se trata te puedes sentir muy inadecuada y exacerbar la vergüenza y la culpa. Me comparaba con otras madres, no sabía qué hacer con mi vida profesional, todo esto me abrumaba y me generaba una gran ansiedad. Llegué a sentirme asfixiada creyendo que había llegado al techo y que no había nada más después de esto.


Quiero aclarar que no me faltaba nada, que podía sentarme a tomar café tranquilamente y darle pecho a mi hijo sin ningún tipo de remordimiento. No era un tema que tuviera que ver con la maternidad en sí, sino con todos los cambios que estaba viviendo y con no sentirme conforme ni identificada con quién era en ese momento.


Pocos años después, nace mi segundo bebé, una hermosa niña, y aquí las cosas explotaron. Entre las hormonas, malestares en el cuerpo y nuevamente una falta de sentido a todo, en mi cumpleaños número 30, llegó un ataque de pánico que aumentó mi sentimiento de culpa: me sentía la peor madre del mundo, la peor esposa y mi autoestima estaba por el piso. Sentía que no valía nada, además me costaba mucho pedir ayuda por temor al qué dirán. Sabía que esto tenía que parar o no iba a terminar bien.


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